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HISTORIA

De Aldo Bonzi al Gran Rex.
Un viaje de veinticinco años.

Martes 16 de noviembre de 2018.

Al caer la tarde, la banda se toma un merecido descanso luego de tres horas seguidas de ensayo, el último antes de tocar por primera vez en el Teatro Gran Rex. Los músicos y el equipo de trabajo se entremezclan desparramados en los cómodos sillones de los estudios El Pie. Se fuma, se bebe, se charla y se ríe, como siempre. Nada en el ambiente hace suponer que están a solo horas de dar, tal vez, el concierto más importante de su historia. Luego de media hora de recreo, el cantante Beto Olguín con sus apacibles modales hace las veces de preceptor y los invita a dejar la jarana para retomar la lista de temas pendientes y concluir con el repaso. A la vez, promete terminar a tiempo la letra de un tema nuevo para estrenarlo el jueves ante cuatro mil personas, en menos de dos días. Al límite. Mingo, bajista histórico, lo mira con una amorosa resignación a la que ya está más que habituado. Una vez en sus puestos, despachan la docena de canciones restantes para llegar a ese momento crucial donde el último ensayo concluye y ahí sí, la suerte está echada.

Jueves 18 de Noviembre.

Anochece y en la puerta del Gran Rex, uno de los teatros más importantes de Buenos Aires y de Argentina, la amplia vereda sobre la Avenida Corrientes se encuentra literalmente tomada por miles de miembros de una hermosa familia de apellido Pérez García. Besos, abrazos y brindis latosos de cerveza para celebrar que por fin llegó el día, mejor dicho la noche, en que el barrio copó el corazón mismo de la Capital Federal. Acostumbrados a años de feroces trasnochadas suburbanas, flotaba en el aire una sensación de “todos llegamos juntos hasta acá” y poco importaba si ya era la hora señalada para el show, unas inusuales 21 hs, y todavía no habían dado puertas.
Adentro del teatro, con sus imponentes cuatro mil butacas expectantemente vacías, la banda todavía lidiaba con detalles de muy último momento. Además del evento en sí mismo que significa tocar por primera vez en semejante escenario, el concierto será grabado y filmado para su posterior edición lo que lleva la apuesta a un nivel de complejidad superlativo para una banda de espíritu callejero, simple y bohemio. Un territorio completamente nuevo. Beto casi cava una zanja yendo y viniendo de una punta a la otra, bien al filo del escenario. Aún así trata de no mostrarse muy preocupado: “Anduvimos tantas veces en Fitito por calles de tierra que si al auto nuevo hay que esperarlo un poco no pasa nada. Estamos curtidos de adversidades”.
Los camarines son un enjambre de amigos, familia, invitados y gente trabajando para que todo esté listo contrarreloj. El cuarteto de cuerdas hace sus últimos ajustes de afinación. Pablo Guerra cuenta anécdotas de giras salvajes de su época como guitarrista en Los Caballeros de la Quema. Dany y El Cóndor de Bersuit Vergarabat comparten un tequila recién traído de México con Emiliano Brancciari de No Te Va Gustar mientras se ponen al día. Se fuma, se bebe, se charla y se ríe, como siempre.
En medio de la vorágine, en un rincón apartado del ruido, el manager Cristian Merchot y el guitarrista Federico Esquivel mantienen, vinito de por medio, una intensa charla sobre cuál es la “realidad” de la banda. Si la realidad es lo que está a punto de suceder o si son los próximos conciertos en lo profundo del conurbano bonaerense, de esos que ya cuentan de a cientos. “La realidad es esta noche única y hermosa que nos pone en otro lugar, disfrutala” dice Cristian, gran conocedor del paño y un eterno optimista.
El concierto estuvo impecable. Soñado. Con el correr de las canciones los músicos se fueron afianzando, soltando, y la ansiedad fue dando paso al disfrute retroalimentado por un público que siempre apoya y responde. Y esta noche aún más. La banda estuvo a la altura del desafío haciendo valer el peso de la experiencia, sólida repasando sin fisuras canciones de sus siete discos. Y como los caballeros siempre cumplen, o por lo menos lo intentan, la letra de “Entrando en Calor” estuvo lista a tiempo para su estreno multitudinario.
“La terminó justo antes de salir a tocar” aclara Mingo y continúa describiendo esa noche única “vino gente de todas las épocas y estaban más contentos que nosotros”. “Subí con dos whiskys y medio más de lo aconsejable y eso tiñó un poco la velada” admite Beto “pero siempre contamos con la complicidad de la gente y sólo se veían caras felices”. A todos nos costó abandonar el teatro luego de esas dos horas de feliz burbuja musical y volver a nuestras vidas cotidianas. Para prolongar la alegría se festejó fuerte hasta el amanecer, como siempre, en La Pizze, su segundo hogar en Aldo Bonzi.
Esa noche de noviembre fue el corolario de muchas cosas. De años de trajinar el under siendo un secreto a voces, un pequeño fenómeno de masividad barrial totalmente ajeno a las radios y los grandes medios. “Siempre tuvimos un repertorio de primera A y una estrategia de la C” sintetiza magistralmente Mingo sin ningún dejo de falsa modestia. Solo confiando en las canciones. Un vasto repertorio de himnos de bajo perfil, de esos que interpretan el alma de manera simple y directa. Sin grandilocuencias. Demoledoramente efectivas. Como si fuera fácil. Y todo esto macerado al calor de cientos de madrugadas de esas que no se duermen, donde la fiesta desatada en sus conciertos siempre termina y terminará de la misma manera: “Va a amanecer y acá adentro sigue la noche…” Y así, desde hace más de veinticinco años.
La de Los Pérez García es la clásica historia de amigos del secundario que forman una banda sin mayores ambiciones que pasarla bien y sonar cada vez un poco mejor. Esto ocurrió en el Comercial de Aldo Bonzi en la bisagra caliente entre los años ochenta y noventa, cuando el rock nacional era tremendo hervidero. Sumo, Los Redondos, La Renga, Los Piojos, Los Caballeros de la Quema entre otros, les hacían saber a esta manga de repetidores empedernidos que desde los barrios se podían decir cosas y que el rock era un gran instrumento para llegarle a la monada directamente al pecho. En un principio Mingo Catanzariti, Beto Olguín y el tecladista Julio Medina fueron primero S.O.S y luego Dalí, dando vida a los dibujos de bandas que Beto garabateaba en sus cuádrenos para matar el tedio de las interminables horas de clase. A mediados de 1994 debutaron oficialmente en la sede del Sindicato de Músicos de la Av. Belgrano bajo el nombre de Los Pérez García. Apellido ligado a la cultura nacional desde la década del 40’ gracias al radioteatro transmitido por la emisora El Mundo y del que surgió la frase popular “tenés más problemas que los Pérez García”. La formación la completaban Walter Corbato en guitarra, Fernando Castellano en batería y Gustavo “Pity” Ayetz en percusión.
Por ese entonces tocaban donde podían: en la puerta de La Pizze, en el corazón de Bonzi, cortando la calle con la cantidad de gente que se congregaba o en alguna quinta prestada. También realizaron la obligatoria gira veraniega con base en Villa Gesell, con la que toda banda que se precie de tal suele ponerse seriamente a prueba por primera vez.
Al promediar la década del noventa se instalaron con carpas en una quinta de Ingeniero Maschwitz y en un fin de semana salieron con Buenas Noches, su primer disco terminado. Beto Olguín: “Grabamos por primera vez con todo lo que ello implica, visto ahora son como fotos de cuando uno es chico, te da nostalgia y ternura, pero esa remerita no me la pondría… aún así le tenemos mucho cariño”. Aunque el resultado sonoro no estuvo a la altura de las composiciones, Buenas Noches (1997) muestra un primer pantallazo certero del estilo compositivo y la versatilidad de la banda. “Trucos”, “Mala Suerte”, “Perro Salado”, “Perdido por Perdido”. Ese equilibrio alquimista entre la canción, el rock y ese toque reggae que aportaba Walter Corbato con sus influencias jamaiquinas. Fue por eso días que Walter se conoció con el percusionista Hernán “Tatú” Garibaldi en un recital de los Auténticos Decadentes en una plaza del barrio. Justo en ese momento de la vida donde la remera correcta puede hacer la diferencia y generar entre la multitud una amistad duradera. Aunque ya tenían percusionista Walter invitó a Tatú a un ensayo y comenzó a compartir los parches con Pity, cada vez mas abocado a llevar adelante La Pizze, que siempre está abierta para la banda.
“Me impactó la amistad y el vínculo que había entre los chicos y el barrio, la sala era el punto de encuentro de un montón de gente” recuerda Tatú. “Musicalmente estaban otro nivel, el groove, un ensamble firme, me paraba a escuchar las letras de Beto. Es muy particular la forma en que relata y llega a la gente. Es una química tan simple y grosa a la vez, llega tan directo. Desde que Beto viene con la guitarrita y nos muestra la canción ya genera algo en la gente”. Las canciones comenzaron a correr como reguero de pólvora por las calles del conurbano profundo. Los Pérez García empezaron a estar en boca de la monada y expandieron territorio llevando sus conciertos a Mono Loco de San Justo y el mítico Santana de Ramos Mejía, donde se comenzaban a ver destellos de las fiestas que pronto serían sus recitales.
Pero entre el primer y segundo disco, literalmente pasó una vida. “Garfield nos dijo: ´si me tienen paciencia vamos a hacer un disco’…y ahí entendimos el verdadero significado de la palabra paciencia” recuerda Beto Olguín. “Garfield” era Ariel Caldara, que por ese entonces vivía de gira como tecladista de Los Caballeros de la Quema en su etapa más exitosa.
El proceso se prolongó demasiado y en el medio hubo muchos cambios. Primero el baterista Fernando Castellano partió con destino al jazz casi sin saludar y hubo que reemplazarlo de urgencia. Pablo Tofanari manejaba su taxi escuchando Rock & Pop como todos los días cuando la aguardentosa voz de Eduardo de la Puente leyó el aviso que Beto había mandado desesperadamente pidiendo baterista. Pablo audicionó y fue elegido entre varios postulantes para ocupar las baquetas de Los Pérez García hasta nuestros días. En medio de un clima de crisis económica y social inminente, el guitarrista Walter Corbato decidió irse a vivir a España y fue remplazado por Fede Esquivel, que venía tocando acústicas en los conciertos desde ya hacía un tiempo. En el ínterin Pity optó definitivamente por su trabajo en La Pizze y le cede la percusión completa a Tatú, que aceptó con gusto. Pero cuando venían sobrellavando los cambios con elegancia, en agosto de 2001 falleció Ariel “Garfield” Caldara, dejando tras de sí un estela trágica de la que Los Caballeros de la Quema no lograrían recuperarse y un disco de Los Pérez García a medio terminar. Entre otras tantas cosas. Tardaron años en reacomodarse al golpe. Ante la urgencia acumulada por el paso del tiempo decidieron llamar a su segundo disco “Ya” que salió editado por Unión Latinoamericana recién en 2004, siete años después de su antecesor. Pero valió la pena la espera.
“Ruta”, “Ni tan diablo ni tan santo” o “Mal de amores” llegaron para quedarse. Además de de una gran versión de “El Fantasma de Canterville”, con León Gieco como invitado. Célebres antros porteños como el Marquee o Arpegios comenzaron a ser escenario del potencial que la banda desplegaba en vivo y tuvieron sus primera probadita de masividad en su paso por el festival Buenos Aires no Duerme.
Para Santo Remedio por suerte no hubo que esperar tanto. El tercer disco fue editado de forma independiente en 2007, producido por Aníbal Rodríguez y mezclado por Martín Méndez, ex guitarrista de Los Caballeros de la Quema. Santo Remedio selló la formación definitiva de la banda.
Más allá de saxofonistas que van y vienen (Rolo Espíndola, Carlos Arín, Martín Sarceda) los seis que grabaron el tercer álbum son los mismos que llegan hasta la actualidad. Y ese disco también aportó mucho al repertorio de la banda en vivo. “Cuando tocamos por primera vez “A callejear” en el Buenos Aires Club de Perú al 500, el piso de madera temblaba” recuerda Mingo. “la gente se prendió fuego.
Ese fue nuestro primer sold out!”. “Hablando solo”, “Miro” entre otras, se convirtieron en muestra del progreso en la capacidad compositiva de la banda. Desde entonces el método no ha cambiado demasiado. Generalmente llega Beto con su guitarra y la canción desnuda y de a poco, entre todos, la van vistiendo. “Acordes mayores y menores, de vez en cuando se me cae alguna séptima. Melodías sencillas y emotivas que conectan directamente con cualquier tipo de a pie. Estrofa, puente y estribillo, no tiene mucho misterio” dice Beto simplificando el indescifrable secreto que una buena canción lleva consigo. “Cine, libros, vivencias, observar…es lo que sale, no es una búsqueda. No soy muy metódico. Eso de que la inspiración te sorprenda trabajando no va mucho conmigo. Si se me ocurre algo ahora me lo grabo en el celular. En otras épocas llamaba a mi casa y dejaba melodías jadeantes e inentendibles en el contestador a las tres de la mañana. Cada tanto mi vieja levantaba los mensajes y me decía ‘¿¡qué te pasó!?’ Cuando pude grabar en el celular no jodí más a nadie”. “A mí me pone nervioso” interviene Mingo, “siempre te la deja picando y dudás hasta último momento si va a lograrlo o no. Yo tengo una forma de encarar la vida un tanto más… planificada, entonces… ´dale! andá, sentante y terminá el temita de una vez, por favor!! Al margen de eso, las canciones que trae siempre están buenísimas”. Mientras tanto LPG seguían moviéndose en péndulo entre la Capital Federal y el Oeste del Gran Buenos Aires. Sacaron credenciales en el legendario Cemento, donde generosamente ofrecían el escenario para el debut de bandas amigas como Naranjos o Callejeros. En San Justo ya reventaban Circus, frente a la Universidad de la Matanza, metiendo casi mil personas en cada concierto que invariablemente terminaban en fiesta hasta el amanecer. También participaron del festival La Minga organizado por el Municipio de Morón en el predio Mansión Seré de Castelar, frente a varios miles de personas. A todo esto, tanto las radios como los grandes medios seguían ignorándolos por completo. “Siempre fuimos medio huérfanos en el tema de management, difusión y estrategia” analiza Beto, “la zanahoria era la próxima fecha, no había un plan. Hubo amigos que nos dieron una mano como Maxi Siryani. Pero la sensación de los shows era tan gratificante en cuanto a lo que pasaba en el escenario y con la gente que siempre te daban ganas de continuar”.
Con una década de experiencia sobre sus espaldas Los Pérez García editaron una trilogía de discos producidos por Martín Méndez (ex Caballeros y por ese entonces al frente de su proyecto Sendero). Asuntos de Familia (2009), La Mesa Está Servida (2011) nominado a los premios Gardel como mejor álbum de rock y No Se Lo Cuentes a Nadie (2014). Como siempre, con el arte de tapa a cargo de Maxi Bort en todos los casos. “Ahí pasa algo fuerte” reconoce Beto. “Martín se mete a producir en la sala, en el armado de la canción. Aprendimos mucho con él”.
“Martin me dijo: ´no toques sentado, parate, baila’ recuerda Mingo, “yo estaba grabando todo tenso, nunca había bailado mientras tocaba y de repente… ¿ah…se puede hacer eso? está buenísimo!! Ese tipo de cosas aprendés de un buen productor”. “Era como un colibrí. Lo tenías siempre revoloteando por arriba del hombro mirando lo que hacías y tomando notas en su cuadernito” agrega Tatú. “Siempre fue fácil trabajar con ellos porque piensan como equipo, tienen buenas canciones y en general no les gusta complicar las cosas” describe Martín Méndez. “Hacen suyos un montón de estilos y las letras logran identificación instantánea con su público. Éramos amigos antes de laburar juntos y quedamos más amigos después de hacer cuatro discos. Tienen todo lo necesario para quedarse en las grandes ligas del rock argento”. La cosecha de hits en potencia no se acababa: “Temporal”, “Knock Out”, “Final del Juego”, “Magdalena” (que entró en Asuntos de Familia bien al estilo Beto, a último momento y gracias a la flexibilidad de Méndez). “Halcón Peregrino”, “Todo eso que nos queda”, “Fakir”, “Doble Carolina”, “Posdata”, “Resaca de Carnaval” (primera canción en sonar en La Mega) o “Festejar” con el Pity Intoxicado como secuaz invitado. Y la lista continúa… Durante el proceso de “La Trilogía Méndez” pasaron de llenar Niceto a llenar La Trastienda y de ahí al Teatro de Colegiales, inclusive en su versión Vorterix, vendiendo más de mil entradas en Capital Federal y haciendo dobletes furiosos en Circus de San Justo. También exploraron nuevos territorios en el Teatro de Temperley y se animaban a alguna expedición aislada hacía Rosario o Córdoba. Todo muy inorgánicamente. En ese momento álgido, el bajista Mingo Catanzareti se hizo cargo del caliente puesto de manager y luego de unos años intentándolo terminó con una pelota de nervios incrustada en medio de la espalda.
Ya era más que tiempo suficiente para dar un paso hacia otro lugar. Cristian Merchot se había empezado a cansar de que todo el mundo le dijera que tenía que fichar a Los Pérez García. Somos varios los que nos adjudicamos esa cucarda. Como mánager de la Bersuit, Cristian ya lo había visto “TODO” y desde su sello Pirca Records maneja a No Te Va Gustar en Argentina a la vez que apuesta a nuevos proyectos como Tan Biónica, Parientes o Sueño de Pescado. Tanto se le insistió que por fin se decidió a ir a uno de sus conciertos y cayó bajo el embrujo de las canciones trabajando en combo con la fiesta desatada. No dudó en contratarlos para Pirca. “Cristian era la pata que faltaba” dice Beto mientras pide otra cerveza fría, sentados en la vereda de La Pizze, donde no para de saludar amigos y conocidos que pasan caminando. “Siempre tuvimos un equipo de laburo, pero no para lo que trasciende a lo más inmediato de la banda. Medios, conexión con otros lugares del país para ir a tocar. Cristian agarró el timón de la estrategia. Entra Karina como tour manager, el equipo se agranda, empezamos a sonar en las radios, a salir a las provincias, a tener otra presencia. Se nota en la calle”. Fruto de la relación con Pirca Records llegó el séptimo disco: Más alto, más fuerte, más lejos producido por el cantante y guitarrista de No Te Va Gustar, Emiliano Brancciari.
Nuevo sello, nuevo productor y estudio de primera en todo el proceso. “Hicimos un gran trabajo de pre producción, Emi nos exprimió lindo” recuerda Mingo. “Nos dio disciplina de laburo, grabar a horas tempranas! De día!! Con un orden de laburo que se respetó de punta a punta”. “Limpió, suprimió” agrega Beto, “más de sacar que de poner, sin sobre grabaciones. Nada imposible de hacer en vivo”. “Tuve la suerte de ser recibido en el seno familiar de los Pérez García” dice Emiliano desde Montevideo. “Y hablo de familia porque es lo que realmente son. Me cautivó el buen trato entre ellos y obviamente la buena energía con la que me recibieron. No tardé ni dos minutos en estar cómodo y sentir que pertenecía a esa pandilla de Aldo Bonzi durante el tiempo que trabajé con ellos. En definitiva, la combinación entre buena gente y buenas canciones sigue siendo imbatible. Los Pérez García tienen esas dos cosas y se nota a simple vista”. Con cada disco nuevo se sigue acercando más gente, que a su vez redescubre un catálogo de canciones íntimas con destino de estadios. Ideales para hacer catarsis en vivo.
Igual que hace veinte años atrás a LPG les toca crecer en tiempos de crisis. Ahora convertidos en padres, pero siempre poniéndole el cuerpo a los nuevos desafíos y a lo que el destino les ponga por delante. Con todo lo que ello implica.
“En las giras está el que duerme y el que no. El que se ríe y el que no… y bueno…aprendimos a tolerarnos” reconoce Beto. “Parecemos adolecentes viajando a Bariloche, somos Los Inma”(duros), agrega Mingo. Beto sintetiza el espíritu de estos días, que tampoco han cambiado demasiado con el correr del tiempo: “En definitiva somos seis tipos que se juntan a laburar pero usan el espacio de laburo también como un lugar de encuentro. Para tomarse una cerveza y hablar del partido, de algún disco o de lo que nos pasa en nuestras casas, entonces es terapéutico también. Además tenemos relaciones de amistad que trascienden la banda, de padrinazgo de hijos, etc.... Es una buena escusa para encontrarse con amigos. Después de la segunda o tercera cerveza…nos vamos a buscar otra más y entonces capaz que entramos y ensayamos un rato”. Los Pérez García cerraron el 2018 con su clásico concierto de fin de año con una Sala Siranush agotada varios días antes del concierto. Presentaron una línea de cervezas artesanales y están trabajando en la edición del disco en vivo grabado en el Gran Rex a modo de “carta de presentación para el que no nos conoce y un resumen histórico para el seguidor”.
2019 augura un año intenso para una banda con tanta historia, pero estamos hablando de un grupo humano con una filosofía de vida simple y concreta: “No me arrepiento de nada”.

Diciembre de 2018:

Me despido de Tatú, Beto y Mingo luego de unas horas de charla. Los dejó en una mesa en la vereda de La Pizze, muy bien atendidos disfrutando de unas frescas y todavía saludando amigos, mientras a su alrededor anochece en el barrio de Aldo Bonzi. Se fuma,
se bebe,
se charla y se ríe
…como siempre.

Mateo Crespo

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